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AFÁN DEL INVESTIGADOR

Publicado: 27 de febrero de 2011

Jamás creerías quién me dijo que tenés unos ojos muy bonitos.

Te habrá mirado no con mera curiosidad, sino con el afán de un investigador. Lo supongo porque estoy empezando a conocer cómo piensa.

Tal vez no lo creas, pero no recuerdo el color de tus ojos.

Es raro, tengo en mi mente las fotos de tu mirada a lo largo de varios años.

        La mirada cansada.

               La curiosa.

           La divertida.

   La cómplice, mi preferida.

           La pensativa.

   La misteriosa, la que me desvela.

                   La sorprendida.

No conozco la de la ira. No recuerdo la forma ni el color de tus ojos.

‘Reconozco que tiene unos ojos muy bonitos’, fue una de sus confesiones de esa noche.

Entonces, si te encuentro nuevamente, no te sorprendas si mis ojos se detienen especialmente en los tuyos. Lentamente, recorriendo sus curvas ovales, las redondas, el contorno espinado por las oscuras pestañas. Deteniéndome en los colores que se amalgaman en torno a la pupila.

Con mi mirado voy a estar buscando otras respuestas. Es que quiero comprender el afán del investigador.

 

TISCAPA

Publicado: 27 de febrero de 2011

Sentada a mi lado, la laguna unos metros más abajo, en el cono inundado de un volcán apagado. No la recordaba así, los ojos escondiéndose tras el flequillo cuidadosamente descuidado. En mi recuerda aún seguía siendo la empleada responsable, aplicada a su trabajo, de la gran empresa de la capital. O la desconcertante y divertida mujer de una fiesta de viernes por la noche, concierto, baile, karaoke y tragos.

Ella tenía ganas de hablar, a mí no me molestaba escuchar. ‘No son grandes secretos, pero vas a conocerme un poco más esta noche’.

Es que los fines de diciembre, con la cálida navidad de los trópicos impregnando el aire de la noche del sábado, aumentan la melancolía del hombre solitario.

Yo deseaba seguir con la fiesta de ese viernes de tres meses atrás. ‘Lo hago en las noches especiales’, había dicho al encender el primer cigarrillo. ‘Y esta es una noche especial’.

Pero ya el destino había tomado las cartas del paño. Me voy con Vicky, su bebé tiene fiebre, la lleva Yuri hasta la casa. Mezcla las cartas. ¿Pero nos encontramos en una hora? Nueva mano. Ya no te encontré; y pasaron tres meses hasta mi retorno. Nuevas cartas. ¿Y esta también será una noche especial?

Pero ya la amistad estaba sembrando sus semillas, borrando la pasión de sus labios, diciéndome que las oportunidades se dan solamente en esas noches en las que enciende un cigarrillo, da una pitada profunda, y larga suavemente el humo como un velo sobre sus ojos entrecerrados.

 

MARGARITAS

Publicado: 27 de febrero de 2011

Los tréboles, ni siquiera los esquivos de cuatro hojas, saben guardar el secreto. Sus resultados son absolutamente predecibles.

Por el contrario, la configuración aleatoria de los pétalos de las margaritas permite escrutar el destino de los amantes.

Me quiere, no me quiere. Me desea, no me desea. ¿Seguiremos juntos? ¿O me irá olvidando como a una antigua canción, borrando de sus recuerdos poco a poco mi voz, mi mano sobre su piel, la mirada de deseo de esa noche de verano?

 

LA CENA DE LA MASCOTA

Publicado: 28 de diciembre de 2011

Fue en Tres Arroyos donde Julieta me contó esta historia.

Según su relato, le sucedió a una prima del novio de una amiga suya, pero a ella se lo comentó su amiga, quien dijo haberla escuchado directamente de boca da la prima de su novio. Ex novio, ahora.

La joven en cuestión vivía sola. Decidió que una mascota sería una buena opción para acompañar sus horas de soledad. Descartó a un perro por demasiado habitual, a un loro por ruidoso, a un gato por muy independiente.

Entonces, se decidió por una serpiente. Una pitón, de color albino, trató de adivinar Hebe, para darle más ilustración a la historia. Pero no sabemos exactamente esto, ha pasado un tiempo y ya Julieta no recuerda exactamente el tipo de serpiente.

De todas maneras, era una víbora de las grandes. Mascota poco afectuosa, dirán ustedes. Tal vez. Pero mantenía ocupadas sus horas la preparación de su alimento, es decir la cría de ratones para entregárselos vivos de tanto en tanto.

Para aumentar su compañía, decidió que su nueva mascota durmiera junto a su cama, sobre una alfombra que acondicionó para tal fin. Y así pasaba las noches, cuando ella regresaba a su casa para su descanso diario, enroscada sobre sí misma, a un costado de su cama.

Luego de un tiempo, notó que su reptil tenía un comportamiento extraño. Una noche, en lugar de permanecer enrollada sobre la alfombra, la vio completamente estirada a lo largo de la cama. Y la serpiente se inflaba lentamente, como si tomara aire y su cuerpo se hinchara. Luego se desinflaba, como un globo que pierde de a poco el aire de su interior. Esto, a lo largo de la noche, lo repitió varias veces. Notó incluso que la serpiente la observaba, elevando la cabeza, como para mirar a su cuerpo descansando sobre la cama.

Le llamó la atención que, a la noche siguiente, su mascota repitiera el procedimiento. Pensando que podía estar afectándola alguna enfermedad, decidió llevarla al veterinario para que la revise.

El médico escuchó la historia, pero le dijo que no debía preocuparse por la salud de su mascota. “Es que está preparándose para tragarte”, le dijo, “por eso te está midiendo en largo y ancho”.

Decidió terminar la relación mujer – serpiente, y dejó a su mascota en la veterinaria. Ahora, ex mascota.

La historia me llamó la atención desde el momento en que supe de ella, en junio de 2010. No recuerdo bien si estuve investigando sobre el tema, o por casualidad apareció nuevamente este relato en una búsqueda por Internet. Pero me encontré con historias similares, ligeramente distintas, en varios lugares y en diversos idiomas.

Desde entonces, la curiosidad se transformó en desconcierto.

¿Habría Julieta inventado la historia, para hacer más ameno el almuerzo anodino de un día de trabajo? No creo, Julieta es una mujer que no miente. Al menos, en esos casos.

¿Estaría la amiga de Julieta haciéndose eco de un mito urbano? Podría tratarse de un mito de esos tantos que circulan por rondas de mate y foros de la web.

¿O será que en Internet se está propagando la historia que me contó Julieta?

Para dilucidar esta historia, en diciembre de 2010, a seis meses del relato inicial, indagué nuevamente a Julieta. Es que no viajo tan seguido a Tres Arroyos, y no había tenido otra oportunidad de profundizar sobre la historia. Pero ella tampoco ha visto últimamente a su amiga, aunque sabe que se ha separado de su novio. Y no sabe cómo podríamos comunicarnos con la prima del ex novio de su amiga.

Entonces, quedará la historia como una anécdota pintoresca, y la seguiré repitiendo, tal vez con algunos agregados involuntarios, tal como me la contó Julieta en ese mediodía de invierno en Tres Arroyos.

 

PASEO POR LA COSTA EN SAN JULIÁN

Publicado: 21 de febrero de 2010

Pocas cosas para hacer en ese domingo en San Julián, en diciembre de 2005. Por la mañana hice un paseo por la costa en la ciudad. Estuve en el monumento que recuerda a la primera misa que se celebró en territorio argentino, en 1520. También visité la Nao Victoria, que se había inaugurado recientemente.

Por suerte, por la tarde, Germán cumplió con su promesa. Él y su esposa me pasaron a buscar para recorrer en auto la costa al norte de San Julián.

Después de las paradas para ver la isla Cormorán y la tumba de Scholl (que viajaba en la fragata Beagle, con Fitz Roy y Darwin), también descendimos en La Bajada del Diablo, con su faro rojo y blanco. A pesar de su nombre, el acantilado protege a la playa de los vientos, y es un buen lugar para usarlo como balneario.

        Recorrimos bastante los restos del frigorífico que tenía la empresa Swift. Se trataba de un establecimiento donde se faenaban ovejas, y se elaboraban productos que se exportaban a Inglaterra. Una de las fotos está tomada en lo que sería la sala de máquinas, se adivinan algunos equipos. También recorrimos las instalaciones que se usaban como alojamiento. ¡Muy interesante visita!
        En el Cabo Curioso, aprovechamos la marea baja para recorrer las enormes "cavernas" que forma el mar al erosionar la roca. Se pueden dar una idea de las dimensiones en la primera foto.

  

En el llamado 'punto panorámico' está este faro, de mayor tamaño que el de la Bajada del Diablo. El circuito costero de San Julián en muy interesante, se pueden ver playas muy amplias, acantilados de gran tamaño, yacimientos de fósiles marinos, referencias históricas y restos de instalaciones abandonadas.
        El punto más al norte al que llegamos fue la Playa La Mina. Aquí puede verse, sobre el acantilado, la entrada a la excavación que le da nombre a la playa. La galería es pequeña y no se ha avanzado más que unos pocos metros, La otra foto está tomada desde dentro de “la mina”

       

Al regreso, encontramos unos amigos de Germán en playa Pigafetta, así que nos detuvimos allí para recorrer el lugar. Es impresionante ver la estratificación de los acantilados, que por la acción del mar van dejando a la luz los fósiles marinos que esconden en su interior.

 

INVITACIÓN A CENAR

 Cuando salimos de la estación del metro me di cuenta que no era el destino que buscábamos. Sin embargo, permanecí en silencio y juntos subimos con la escalera mecánica en la misma dirección del resto de las personas que salían de la estación. Pero sentía una especie de malestar interior, el mismo que otras veces me había advertido de mis errores. Pero en estos casos vos no me ayudás demasiado, tal vez es porque te sentís segura con mi buena orientación; cuando recorremos un lugar por primera vez nunca me preguntás si caminamos en el destino correcto. Acaso confiás absolutamente en ciertos juicios míos.

Habíamos iniciado nuestro paseo cuando la tarde ya terminaba, aunque el sol aún iluminaba los edificios y había mucha gente en la calle. No recuerdo el tipo de construcciones que había en nuestro punto de partida, tampoco recuerdo los rostros de esa gente, ni sus características físicas; no recuerdo la indumentaria ni exactamente el paisaje del entorno. Evidentemente no encontramos nada fuera de lo común en ese momento porque no hicimos ningún comentario al respecto. Nada nos llamó la atención de un modo particular. Pero sin embargo yo tenía una cierta intranquilidad ya desde el momento de tomar el metro.

Si bien habíamos recorrido varias otras veces la ciudad y conocíamos ciertamente mucho más que los sitios turísticos tradicionales, nunca habíamos estado en la estación de Marne-la-Vallée. Pero ya sabíamos que no podríamos encontrar aquí ningún sitio que nos sorprendiera o donde hubiera algo distinto a las postales de la ciudad que guardábamos en nuestra memoria. ¡Con cuanta pasión habíamos recorrido una y otra vez los álbumes de fotos! Señalábamos nuestras favoritas: la esquina de la rue de L’Abreuvoir y la rue des Saules, la placita de Fürstenberg, la vista del patio interior del Hôtel de Sully. Con qué alegría comentábamos ante nuestros amigos las vivencias que más nos conmovieron en viajes anteriores. Una de las más recordadas, el encuentro con aquella pareja de vietnamitas frente a St-Séverin: algunas palabras que intercambiamos en inglés, la sonrisa de ella al retratarse con vos, la tarjeta con la dirección del trabajo de él, la caligrafía imposible de leer con su domicilio particular que gentilmente nos escribió al dorso. Por cierto, después de ese encuentro no cumplimos con nuestro compromiso de enviarles una copia de aquella fotografía.

Mientras ascendíamos hacia la acera, yo meditaba los pasos a seguir en caso de haber llegado a Boissy-St Léger, o lo que sería peor, a St Germain-en-Laye. Pensé rápidamente tres alternativas: regresar al hotel, tomar de nuevo el metro para intentar llegar a Marne-la-Vallée o recorrer la zona adonde el destino nos estuviera llevando.

El sol se había ocultado completamente, el cielo tenía un color borravino que yo estimaba presagiaba una tormenta próxima. Salimos a una gran plaza adoquinada, sin calles laterales, rodeada por antiguos edificios de tres o cuatro plantas. Era una zona exclusivamente peatonal. No había mujeres en la calle (de esto me estoy dando cuenta ahora), solamente hombres caminando con prisa. De pronto no vimos a ninguna de las personas que salían con nosotros de la estación. Todos los caminantes vestían de modo similar: antiguas capas largas y oscuras. Parecía como si hubiéramos retrocedido en el tiempo. Los hombres, como en cualquier otro lugar de la ciudad, pasaban a nuestro lado ignorándonos; a diferencia de otras veces, esto me produjo una sensación de desamparo, esperaba al menos que alguien se interesara en nuestro aspecto de turistas.

Cuando levanté la vista, el espanto y la impotencia me paralizaron: sobre los techos caminaban unas aves enormes, de plumas raídas de color negro. Eran mucho más grandes que una cigüeña, tenían patas cortas y muy gruesas. Su aspecto me hizo recordar a los zopilotes que vemos en Nicaragua, al costado de la carretera. Si, eran como unos zopilotes pero enormes, que tenían largas plumas en las alas, y las alas parecía muy pesadas porque las arrastraban sobre las tejas. Parecían incapaces de volar, aunque de alguna manera debían haber llegado hasta los techos. Caminaban con pesadez, esquivándose mutuamente. Pero lo que era más inquietante: esas aves eran las únicas que advertían nuestra presencia, nos vigilaban con atención observando nuestros movimientos. Sentí sus ojos clavados como garras en los nuestros, repentinamente por un instante la vista de toda la plaza se cerró sobre esos ojos oscuros. Si se arrojaban sobre nosotros con sus pesados cuerpos no tendríamos posibilidades de escapar de ellas; aunque sus picos no parecían temibles, el sólo golpe de sus cuerpos sería mortal.

Comenzamos a correr, tratando de huir de esa plaza siniestra. La calle que tomamos era estrecha, sin veredas, con una iluminación muy pobre proveniente de farolas antiguas sembradas irregularmente sobre nuestra derecha. Alejándonos de la plaza ya no vimos a ninguna otra persona por esa calle. Corríamos sin conocer el rumbo, con desesperación, sin saber realmente de que estábamos escapando. Corríamos a lo largo de esa calle que no tenía salidas laterales en todo su largo y sinuoso recorrido. A ambos lados, los altos edificios de dos siglos atrás canalizaban nuestro camino. La calle se iba angostando, y de pronto vimos un paredón que la cerraba delante nuestro.

Sabíamos que no podíamos volver atrás, que allá nos esperaba la plaza siniestra, las aves horribles, la gente que nos inquietaba a pesar de su indiferencia. De alguna forma teníamos que saltar al otro lado del muro, no había alternativas. Trepamos con mucha dificultad, ayudándonos mutuamente, pero conseguimos sentarnos en lo alto. No miramos hacia atrás, aunque era improbable que alguien nos estuviera persiguiendo. Sin embargo, sentíamos que lo mejor era saltar hacia adelante, aún sin poder ver lo que nos esperaba al otro lado.

Nos encontramos en un parque oscuro, ya no nos iluminaba siquiera la luz pálida de las farolas de la calle. Parecía ser un parque muy grande, con árboles muy frondosos a través de cuyas copas el viento pasaba con un susurro monótono. Ya no corrimos, nuestros ojos no se acostumbraron rápidamente a la oscuridad. Poco a poco, la luz de la luna nos ayudó a encontrar un sendero que atravesaba el parque. Yo estaba preocupado, pero podía pensar con tranquilidad, sin el apremio de sentir que se nos estaba persiguiendo.

Siguiendo el sendero desembocamos en un camino. Era una calle de tierra, como cualquier calle de una zona rural. No se veían rastros de la ciudad antigua de la que habíamos huido corriendo, aunque no deberíamos estar más allá de un kilómetro de la plaza adoquinada. Caminamos a la vera del camino como alejándonos de la ciudad colonial. En poco tiempo llegamos a un caserío en un cruce de caminos. Debería ser ya medianoche. Las casas parecían grandes pero humildes, todas muy parecidas entre sí. No recuerdo bien, no podría decir ahora si eran tan antiguas como las que rodeaban la plaza. Del interior de una de las casas salió una nena de unos ocho años. Su presencia no nos asustó y hasta nos sentimos reconfortados por ver a alguien que se acercara hasta nosotros. Tenía un vestido liviano, de verano. Sus largos cabellos estaban atados en dos trenzas. Al verla de cerca observé las pecas distribuidas sobre su rostro infantil.

- Papá ya llegó - nos dijo - si quieren pueden entrar a comer con nosotros.

Me sentí afortunado por haber encontrado alguien que hablara nuestro idioma. La seguimos hacia una de las casas.

En el interior había una mesa larga, y una docena de personas sentadas en torno a la misma, dispuestas a cenar. En la cabecera de la mesa estaba sentado un hombre obeso de bigotes negros, vestido con una camisa blanca sucia con manchas de sopa, sin duda el padre de familia. A su lado una mujer de cabellos largos y despeinados (¿su esposa?) servía sobre los platos un líquido espeso que extraía con un cucharón de una olla de tamaño descomunal. El resto de los comensales parecían ser hijos de ambos, los había de todas las edades. Sus ropas eran humildes, incluso estaban muy gastadas y en algunos casos se podía ver la piel a través de los agujeros. La niña que nos había acompañado parecía ser la hija menor. Nos hizo sentar en uno de los extremos de la mesa, opuestos al padre, en dos sillas vacías que parecían preparadas para nosotros. Podíamos sentirnos a gusto allí aún sin participar del diálogo de ninguna de las otras personas. En el lugar reinaba un bullicio festivo, casi todos hablaban al mismo tiempo y nadie se interesó por nosotros, a excepción de nuestra anfitriona, que pronto nos acercó un par de platos con la comida que seguramente su madre había preparado.

A pesar de que teníamos hambre, apenas probamos la comida, ambos separamos los cubiertos con desagrado. La comida era espantosa. Observé al resto, pero todos comían con gusto, llenando sus bocas con grandes trozos de pan y cucharadas del líquido viscoso, mientras proseguían conversando animadamente. La niña también comía con ganas, pero cuando se dio cuenta de nuestro comportamiento, nos preguntó en voz baja si no nos gustaba la comida. Creo que su pregunta fue inocente, sin mala intención. Pero antes de nuestra contestación se hizo un repentino silencio, como si de pronto todos hubieran notado nuestra presencia. Los rostros se volvieron hacia nuestro rincón, hacia nosotros. Entonces recordé la mirada de las aves desde los tejados: eran los mismos ojos oscuros que se clavaban en los nuestros.

La niña repitió la pregunta en el mismo tono de voz, pero ahora la pregunta resonó en la gran habitación haciendo imposible que nadie dejara de escucharla.

- ¿Es que no les gusta la comida que preparó mi madre?

La mujer se levantó de su ubicación y se acercó a nosotros Era una mujer delgada pero muy alta, a medida que se acercaba su talla parecía crecer más y más. Desde el otro extremo de la mesa, el hombre de bigotes seguía con la mirada a su esposa, atentamente pero sin ningún gesto exterior.

- ¿Es que acaso desean una comida especial? -nos preguntó exaltada- ¿Es que son tan desagradecidos? Recorriendo solos con altanería una ciudad que apenas conocen, un país del cual ni siquiera dominan la lengua, ¿pretenden además humillarnos tratándonos como a siervos? Estaban perdidos, caminando por los suburbios, con el peligro de ser sorprendidos por los ladrones; observados con atención por el resto de los habitantes de la villa, que sin duda los están esperando afuera con la esperanza de que abandonen nuestra casa sin pasar la noche, que en su desagradecimiento se arriesguen a salir nuevamente al camino, para quitarles todas las pertenencias, sus documentos, el dinero; para que luego la turba comience a gritar sus nombres, para que salgan de todas las casas sus ocupantes para verlos, para demostrarles como se escarmienta a aquellos que no reconocen toda la ayuda que se les ha brindado. Ahora mismo yo seré la primera en salir para decirles a todos nuestros vecinos que ustedes llegaron aquí sin ser invitados, que no los estábamos escondiendo sino que se sentaron a nuestra mesa contra nuestra voluntad, que seremos los primeros en arrancar vuestras ropas para denigrarlos -la mujer terminó de hablar muy agitada. Su voz había ido aumentando conforme progresaba su discurso.

El hombre asintió, golpeó sobre la mesa, y un vaso se derramó y cayó rodando a nuestros pies. Por suerte por un instante las miradas dejaron de fijarse en nosotros y se volvieron hacia el otro lado.

- Ahora váyanse de aquí -dijo mientras se levantaba de su silla- ¡Fuera! -gritó.

Yo buscaba con la mirada a la niña, pero ahora todos los rostros me parecían iguales, no veía sino una docena de personas idénticas cuchicheando y señalándonos la puerta. Comenzaron a arrojarnos los objetos que tenían al alcance de sus manos: panes, cubiertos, servilletas. Afortunadamente no tenían buena puntería, o bien se divertían viendo como esquivábamos los proyectiles. Corrimos hasta la puerta, salimos, y esta se cerró con fuerza detrás de nosotros.

Estábamos solos en la calle. Ya las luces de todas las casas se habían apagado, a excepción tal vez de la que habíamos abandonado. No quisimos mirar hacia atrás. Nadie nos estaba esperando, la amenaza no se había cumplido, pese a los augurios de la mujer. Las casas oscuras tenían un aspecto aterrador, con sus altas paredes que parecían a punto de caer por el mal estado que tenían. No conocíamos el lugar y en algún momento habíamos perdido nuestro plano de la ciudad, no podíamos orientarnos por nuestros medios bajo ese cielo de estrellas extrañas.

Al girar la vista alcancé a ver que a cierta distancia se levantaban unas torres iluminadas desde abajo, torres como picos de una gran catedral gótica. Tenían un ligero brillo dorado, vistas desde lejos, superpuestas en la negrura del cielo nocturno. Sobre el oscuro horizonte subía una estela de luz como una columna azul. Supuse que Marne-La-Vallée debía estar allá, con sus altas construcciones fantásticas, torres doradas y mucha luz. Apenas nos separaban algunos kilómetros de nuestro destino.

Entonces te miré. Tu hermoso rostro, tus rizos rojos. Seguías sin hablar, pero con la mirada buscabas una respuesta. Giré lentamente sobre mis talones hacia el otro lado del camino, en la dirección opuesta a las torres. Me acompañaste en el movimiento. Te tomé la mano. Estaba fría y húmeda, pero fue reconfortante sentirte a través de ese contacto físico.

-Caminemos -te dije- París no puede estar muy lejos.

 

ENTREVISTA PARA CIUDADANÍA

 

Yaoska ya me había anticipado que conocía bien a La Entrevistadora, amiga de sus años de educación secundaria, luego de la guerra. Se habían reencontrado hacía un par de meses, tras largo tiempo sin verse, y pensé que podía ser una buena oportunidad contar con su colaboración para completar mis trámites de ciudadanía.

Tal vez por la amistad que las había unido, fue tan curioso el sitio y el momento elegido para la entrevista: un  almuerzo informal, un domingo al mediodía, en un restaurante en Ticuantepe.

Diez años visitando el país, recorriendo el camino hasta Granada y los pueblos blancos, yendo de Sébaco a Matagalpa y luego cruzando los cerros hasta Jinotega, buscando en Las Segovias las huellas de los hombres libres, recorriendo la ruta de los volcanes entre León y Chinandega; diez años deberían ser suficientes. Y ahora, tras seis meses de estadía continuada, ya había llegado el momento. Yo ya era un extraño en mi país, pero seguía siendo extranjero en mi querida Nicaragua.

 

A menudo la presencia de Yaoska lograba robarme las palabras. Cuando eso sucedía, me quedaba callado contemplándola, sin encontrar las preguntas oportunas ni los comentarios adecuados. En ese momento tampoco pude indagar sobre el extraño mecanismo de este trámite.

Yaoska condujo el carro en medio de la lluvia: salimos de la avenida, cuatrocientas varas al oeste, una cuadra al lago, luego doblamos nuevamente, siempre hacia la derecha. Así se llega a destino en este laberinto de árboles y calles que es Managua. Niños jugando en la puerta, paredes rosas, la bandera rojinegra del mismo color de tantos postes que sostienen cables: todas las casas me parecían iguales. Sin embargo, Yaoska no demoró en encontrar la de La Entrevistadora.

Se saludaron sin efusividad, pero demostrando conocimiento mutuo. Intercambiaron algunas preguntas sobre sus respectivas familias.  Comentaron sus últimas actividades, especialmente las que habían compartido durante esas semanas de reencuentro. Juntas había marchado a la plaza el mes anterior, celebrando los treinta años de la revolución. Yo las imaginaba emocionadas, de pie entre miles de personas, cantando las viejas consignas que hoy parecían aún más antiguas (¡cuanta historia puede albergar tan pequeño país!).

Yo permanecía sin intervenir en la conversación. Estaba ansioso, sentado a la derecha de Yaoska, mirando la lluvia que caía con furia sobre la ciudad, sobre la carretera a Masaya, sobre el vidrio del carro. Ella me había anticipado que el lugar de la entrevista estaba un poco alejado, pero que me gustaría. ¿Es que no sabía aún que a su lado hasta he encontrado bello el lúgubre salón en el que habíamos almorzado el viernes anterior? Decírselo en ese momento me pareció inapropiado; una vez más permanecí callado.

Pero, ¡qué bonita estaba ella ese día!, con un flequillo que intentaba jugar con sus pestañas, ocultando el extraño dibujo de su frente. El perfil delicado de su rostro miraba hacia delante, concentrada como estaba en la carretera mojada. La tormenta daba al interior del vehículo una semipenumbra especial; las gotas de lluvia sobre el vidrio iluminaban la suavidad de su piel cual si fueran cientos de pequeñísimas estrellas. No la podía mirar sin sentir en mi pecho una vibración especial.

 

El lugar previsto para la entrevista era restaurante de campo, un gran rancho sin paredes, al costado de la carretera que lleva a Masaya. Me sorprendió ver la cantidad de personas que había allí comiendo. A finales de agosto, en la época que curiosamente en este lugar llaman invierno, era uno de esos días en los que Managua se puede disfrutar al mediodía sin sufrir su calor tropical.

El mesero nos acomodó en una mesa en el centro del restaurante. Un grupo de músicos estaba guardando sus instrumentos, finalizada su función. De todas maneras, además de humedad, el aire estaba impregnado de sonidos, que le daban al lugar un clima animado. Muchas familias en su salida de fin de semana. Niños que a pesar de la lluvia se empecinaban en subir a las hamacas. Cuatro hombres que se reían en una mesa, una botella de Gran Reserva y cuatro vasos con hielo. Tres señoras gordas hablando al mismo tiempo, sin escucharse entre sí.

El mesero nos trajo las cartas, las consultamos e hicimos nuestras órdenes. Ya no me divertía tanto que los meseros trataran de hablarme en inglés, seguramente pensando que yo era gringo. Por eso yo siempre trataba de tomar la iniciativa en esos diálogos, para que me vean más nicaragüense, más latinoamericano. Creo que La Entrevistadora no le estaba asignando mayor importancia a mi comportamiento, pero de todas maneras yo trataba de demostrar mis conocimientos eligiendo y sugiriendo platos del menú. Finalmente nos decidimos por unos surtidos. Mucho frijol molido, queso y maduro fritos, repochetas, trozos de carne y de pollo. También había moronga.

Optamos por beber cerveza: Toña para La Entrevistadora más dos Victoria algo oxidadas. Entonces, la entrevista se fue desarrollando poco a poco, durante el tiempo que estuvimos en el lugar.

- Y ¿ha probado el pinol? - inquirió La Entrevistadora.

- Desde luego que sí.

- Pero no le ha gustado - supuso.

- No lo crea, me ha gustado bastante - me defendí.

- ¿A pesar de la sensación de estar tragando tierra?

- Bueno, tengo claro que no es mi bebida favorita - dije, aferrándome a la botella de Victoria - pero lo he probado.

Efectivamente, la sensación que había tenido al probar por primera vez el pinol era la de estar bebiendo una suspensión de barro. Recomendación: ¡nunca beberlo sin batirlo inmediatamente antes del trago!

- A todo nica le gusta el pinol, ¡y no lo cambia por ningún otro refresco! ¿También ha probado el guaro?

- Si, he tomado Caballito en una pulpería - era una clara mentira, porque hasta ese momento no había sentido la necesidad de ningún aguardiente - pero prefiero un Flor de Caña con hielo.

Cuando el mesero trajo la comida a la mesa, en el centro del salón, un joven guitarrista, delgado y con sombrero, comenzaba su actuación. Me imaginé que sería un estudiante, que se ganaba sus reales tocando música instrumental en ese sitio. Me sentí triste al verlo tan compenetrado en su instrumento, mientras a su alrededor la gente comía, bebía, hablaba o se reía, sin escuchar su música. Nosotros comíamos lentamente, Yaoska y La Entrevistadora intercalaban muchas palabras entre un bocado y otro. Las cervezas no demoraron en calentarse.

- Una vez compramos quesillos en trenza, no recuerdo si fue en Nagarote o en La Paz Centro.

- ¿Y los comió directamente desde la bolsa?

- Desde luego. Así es como debe ser.

- Ahá, ya veo. ¿Y ha comido nacatamales?

- Si, los he comido, creo que fue en una cena, no recuerdo bien, pero me gustaron - mentí. La primera vez que oí una historia sobre nacatamales fue cuando Luis Enrique contó una historia en su casa, la que tiene con su hermano en Managua, una historia sobre nacatamales congelados en Suiza, que se convirtieron en sabrosa comida, recuerdos de su país en tierra extraña.

- ¡En una cena! ¡Los nacatamales se comen en el desayuno! - me amonestó - Tendría que haberlos comido hoy, por ejemplo. ¡El buen nica desayuna con nacatamales los fines de semana!

- Bueno, hoy he desayunado con gallo pinto, que me gusta bastante - intenté defenderme, volviendo a los conocimientos básicos de la cultura local.

- ¿Y acaso le gusta de verdad el gallo pinto? Tampoco creo que le guste mucho. - el tono era directo, sin pedirme disculpas - ¡El auténtico nica no puede vivir sin su gallo pinto!

Tal vez porque la entrevista se había decidido hacer en un restaurante tradicional, muchas preguntas estaban orientadas hacia la cocina local. O quizás La Entrevistadora tenía en cuenta que la cocina de un país es parte de la herencia más profunda, que iguala a todos desde el nacimiento, que identifica a toda la cultura de un lugar. Y no se puede ser nica sin haber comido sus platos. Vigorón, indio viejo, carne en baho, palabras que se amontonaban en mi mente, preparándolas para lanzarlas en el momento oportuno.

- No me lo va a creer, pero he probado una culebra en Estelí - y en cuanto lo dije me di cuenta de mi error, confundiendo platos populares con comidas exóticas, y traté de corregirme rápidamente - y también la sopa de garrobo, hecha por una cocinera de Chinandega.

- Fíjese que no he comido la boa, aunque sé que la preparan en el norte. Mi sopa preferida es la de gallina con albóndigas - dijo La Estrevistadora.

Pero lo de la culebra había sido verdad, fruto de mi primera visita a Estelí, cuando mis anfitriones querían agasajarme haciéndome probar platos sofisticados que para ellos eran verdaderas delicias. Habíamos ido a almorzar a Los Antojitos, donde pude probar la boa asada. La carne blanca y elástica no me había desagradado tanto como esperaba.

 

Pero ahora, durante este almuerzo, yo permanecía expectante, tratando de adivinar las preguntas. La Entrevistadora tenía la espalda totalmente apoyada en el respaldo de la silla, las manos sobre sus piernas. Estaba relajada y no parecía darle al trámite la solemnidad que yo imaginaba. Funcionaria pública a fin de cuentas, estaba allí cumpliendo una tarea de rutina. Yo trataba de concentrarme en las preguntas que me hacía, pero por momentos me sentía inseguro. Miedo de no hallar la respuesta correcta, miedo de no lograr superar el trámite. ¿Miedo de no poder continuar siempre cerca de Yaoska?

 

- Veamos ahora cuánto conoce de lugares de Nicaragua - dijo ella.

No sé si ella habrá notado algún gesto de alivio en mi rostro. Geografía era la materia en la que me sentía más seguro. Incluso dos veces había recibido halagos sobre mis conocimientos. Una vez fue en Matagalpa, de parte de Gustavo Sotomayor. “Creo que este maje conoce más de este país que muchos nicaragüenses”. Otra, en León, creo que había sido Pedro García el que había dicho “Tuviste el privilegio de haber podido conocer sitios que muchos nicas no conocemos”.

- ¿Y ya ha ido a algún mercado?

La pregunta me desorientó. Le dije que había estado en el Oriental,

- ¡Nada menos que en el Oriental! - por un momento creí que a través de su afirmación me estaba felicitando.

- Si, estuve haciendo compras, una experiencia inolvidable - me animé a continuar la respuesta - También estuve en el Huembes,

La Entrevistadora rió. Fue una risa de desaprobación, como una bofetada.

- No le creo nada. Usted estuvo solamente en el Huembes o en Masaya, allí es donde van los turistas - parecía como si me leyera la mente. Comencé a sentirme incómodo. Miré a Yaoska, ella miraba a La Entrevistadora.

El estudiante había finalizado su actuación. Se ajustó el sombrero y dijo algunas palabras para despedirse, ante la indiferencia de los comensales. Guardó su guitarra en la funda y se perdió entre las mesas, lejos de mi vista. Ahora yo oía, como sonido de fondo, el murmullo de las personas, una risa sonora en otra mesa, la lluvia cayendo sobre el techo.

 

- El verdadero nica es machista, pero bien sabe como endulzarle el oído a las muchachas - no sé cómo la conversación derivó hacia este tema, pero ahora La Entrevistadora estaba elevando el tono mesurado de voz. Antes que un consejo, parecía estar haciéndome un reproche.

Yo había preparado una elaborada justificación sobre los motivos que me impulsaban a aplicar a ese trámite. Repasé alguno de ellos, como mi inscripción en las brigadas de cortadores de café, hace ya tantos años. Recordé mi primera llegada a Managua, tratando de hallar siquiera las brasas del fuego de los ochenta. Sin embargo, me sorprendió que La Entrevistadora en ningún momento me haya preguntado por qué quería obtener la ciudadanía. Supuse que era parte de la rutina seguir una serie de pasos administrativos, cuidando los intereses públicos, sin que importen demasiado mis cuestiones personales. Por momentos yo miraba a Yaoska tratando de encontrar su mirada; a fin de cuentas de qué valdría ser ciudadano de este país si ella no estuviera aquí. Y ya no era el vivero de los sueños revolucionarios; para mí, Nicaragua era ahora el país de Yaoska.

Luego la conversación pasó por la música, la relación entre la música testimonial y la cultura del pueblo. La Entrevistadora no aceptó que yo dijera que me gustaba ‘bastante’ un cantante, no recuerdo quién.

- Algo te gusta o no te gusta, no puede gustarte un poco, ni algo ni bastante. Las palabras que no son ‘sí’ o ‘no’ encubren los sentimientos, Amás a alguien o no lo amás. Sin intermedios. - dictaminó La Entrevistadora.

Me pareció algo desmedida en su forma de catalogar los sentimientos. Intenté decirle sin éxito que yo creía poder aplicar a veces un orden de preferencias, que no necesariamente las cosas debían gustarme o disgustarme totalmente.

- Hay cosas de mi país que me duelen - La Entrevistadora me sorprendió con la afirmación - pero yo quiero a mi país. Cuando estoy lejos, sufro pensando en los afectos que dejo aquí. Yo viví muchos años en España, me fui a Cataluña siguiendo un amor  - ahora iba saltando de un tema a otro, desconcertándome - pero a pesar de eso, jamás dejé de usar mis expresiones. Seguía usando el ‘vos’ del nica, que tan cálido resulta. Y de vez en cuando me salía un ‘hijueputa’ cuando hacía falta que lo dijera. Porque Nicaragua seguía en mi corazón, en el rostro de mi hija, en los míos que quedaban de este lado del océano, sufriendo y disfrutando con los vaivenes de nuestra historia - ya La Entrevistadora había acaparado la conversación, y su voz se tornaba más y más dura.

- ¿Usted siente a Nicaragua en su corazón? - finalmente me preguntó. Ahora Yaoska me dirigió la mirada, esperando mi respuesta.

Entonces por mi mente pasaron, una tras otra, imágenes de mis vivencias en el país, atrapados en Boaco por la furia del río Teustepe, mirando los ojos esquivos de Yaoska, cenando iluminados por las velas al regresar de Estelí, persiguiendo con la vista a Yaoska, tratando de descubrir sus secretos en el viaje a Santo Tomás, buscando una complicidad en la mirada de Yaoska, esperando su llamado en Chichigalpa, soñando con una vida nueva en Nicaragua.

No respondí rápidamente. ¿Creería La Entrevistadora que no pude expresar mis sentimientos? ¿O que yo no sabía cómo responder?

- Usted nunca será nica - sentenció, antes de darme tiempo a responder. Lo dijo tranquila pero firmemente, como si no importara demasiado. Y no agregó razones.

Ya las palabras estaban de más. Un nica no necesita de muchas palabras para conocer a otro, había dicho La Entrevistadora. Entonces intenté tomar la mano de Yaoska, pero me di cuenta de que estaba ya muy lejos, al otro lado de la mesa, y ya la mesa era un océano entre nosotros. No eran las preguntas de la entrevista las que me separaban de Yaoska, sino las que yo no supe hacerle ni responderle durante estos meses. Busqué nuevamente sus ojos, pero ya no eran los ojos brillantes que me abrían el corazón cuando descansaban en los míos. Ahora era La Entrevistadora la que me miraba a través de ellos fijamente, con severidad, juzgándome, extraditándome, no reconociéndome como compañero, diciéndome que la patria era el lugar de los afectos y que ya nunca, nunca, nunca más tendría otra oportunidad de obtener esa ciudadanía.

 

BREVE VUELO POR LEÓN

Publicado: 01 de febrero de 2010

Estábamos con Luis haciendo algunas bromas, ya preparándonos para terminar nuestra actividad en la oficina. Desde la ventana, por encima de las casas vecinas, Managua era una ciudad escondida bajo la vegetación tropical. Recuerdo que una vez me dijo Eduardo Sequeira: “Seguramente nunca habrás visto a otra capital con tanta vegetación”.

Christian entró algo agitado, con una novedad inesperada.

- La reunión finalmente va a tener que hacerse en Chichigalpa - nos anunció

- ¡Cómo, si la teníamos prevista para las cinco! - protestó Luis - ¡Tenemos como dos horas de viaje hasta Chichigalpa!

Miré mi reloj. Apenas habían pasado veinte minutos de las cuatro de la tarde.

- Es que vamos a ir hasta allá en helicóptero. Nos está esperando en la terraza del edificio.

Así fue que el 6 de febrero de 2004 hicimos un breve recorrido visitando algunos lugares de Managua, León y Chinandega, para luego regresar a Managua. Aquí vamos a ver unas pocas fotos.

       

Este es el volcán Cerro Negro. Aquí el ciclista Eric Barone llegó a su record de velocidad (172 km/h) en mayo de 2002, lanzándose por la ladera. Tal vez vieron el video: la bicicleta se partió en dos y Eric cayó rodando más de cincuenta metros. Aunque se rompió algunos huesos, pudo salir con vida.

              

El Ingenio San Antonio, de Nicaragua Sugar Estates Limited, en Chichigalpa.

Al fondo, el volcán más alto es el San Cristóbal.

       

 Unas vistas de la ciudad de León y su catedral. ¿Nos creerán si les digo que aterrizamos en una cancha de béisbol, y que nos rodearon no menos de 20 niños?

Copyright © 2010 Guillermo Zahler. Reservados todos los derechos.       

Última modificación: 01 de abril de 2011.